 |
Una aventura comenzada
a la sombra de los monasterios
Había
una vez, hace muchos siglos...
Nuestro relato comienza alrededor del año mil, bajo el reino
del emperador Federico I llamado Barbaroja, cuando la llanura padana,
en su mayor parte pantanosa y cubierta por selvas y forestas, era
un amplio espacio, desierto, silencioso y deshabitado. En aquella
época los monjes Cistercenses y Benedictinos habían
puesto en marcha una imponente obra de saneamiento y desmonte, que
permitirá a los territorios padanos salir de la larga y oscura
noche altomedieval.
Cuna de esta obra era la Baja Lombardia, en particolar la franja de
territorio comprendida entre el Po y Milán, delimitada por
los ríos Ticino a occidente y Adda a oriente, con el corazón
entre Codogno y Lodi. El fenómeno se dilatará sucesivamente,
progresivamente en las zonas adyacentes.
La
fecha que convencionalmente marca el inicio ed los acontecimientos
que relatamos es 1135, año de la fundación de la Abadía
de Chiaravalle, y los primeros protagonistas fueron los monjes Cistercenses
que respetaban la Regla de S. Benedicto. Los mismos que con la creación
de las comunidades agrarias, las “granjas” – las
primeras en Vaierà y Villamaggiore – restablecieron
condiciones vivibles en la valle del Po, embalsando las aguas, excavando
acequias, fosas, canales y zanjas, saneando las tierras bajas paludosas,
ganando tierra a la selva, ordenando prados y fresquedales y dando
vida a los primeros criaderos de ganado vacuno de la nueva era.Como
los Cistercenses, los monjes de las “curtis” benedictinas
emprendieron amplias y poderosas obras de saneamiento y desbroce
que impulsaron la agricultura del lugar.
|